Se puede intuir el vacío como un imposible y con pertinencia pensar que hablar de él es un hecho que lo dota de presencia, que lo abole, lo niega. Según la precisa constitución del asunto, el vacío, se consolida como un espacio de ausencia absoluta, de No materia. En ese sentido lo podemos metaforizar más como un estado psicológico, espiritual, ideal -aún sin dejar de cuestionarse- que comprenderlo como una posibilidad física real. Sonará contradictorio y quizás incoherente que una vez dicho esto se proceda con firmeza en la continuación de este discurso dilatativo. Pretender abarcar el vacío con la mirada es mucho más deshonesto que elucubrar sobre él. Así pues, la engreída y supuesta admiración (en cualquier posición) es sumamente liviana para el tema que nos interesa. Nos encontramos frente al dilema de reconocer lo que no se reconoce y con la seguridad de estar haciéndolo en el camino menos apropiado. En pocas palabras, estamos errando sobre la perfección. Los contenidos de sus nociones los dotaremos de valores que nos remitan a la idea de vacío mas no a esta quintaescencia primigenia, que como ya vimos es un quimérico espectro que se asoma para revelarnos su nada, incluso su No existencia en locuciones estables; pero que sí remite a poética, misticismo, metafísica… El objeto, el aire, la memoria e incluso la soledad nos pueden decir en la cara y a los ojos que por sus causas, consecuencias e imprudencias no existe el vacío; aunque también es elocuente como exquisita disculpa de divagación contradecir esta introducción equívoca; pues veremos que esta aparente inexistencia puede ser determinante en su aparición fantasmagórica.
La física señala el vacío como aquél lugar dónde la presión medida es menor a la presión atmosférica normal, resultando útil en la inventiva y desarrollo de tecnologías: el fuelle y la aspiradora, ambos construidos bajo esta premisa, uno para inyectar soplos de viento, el otro para succionar partículas. Y resulta apropiado pensar que la mecánica respiratoria se da por este fenómeno, al igual que el empacado de los alimentos y las centrífugas de aceleración para separación de moléculas. Pero el objetivo de esta infructuosa estratagema es recurrir a elementos más simbólicos que eminentes en la ciencia, es decir, no puede medir sus intereses con el experimento de sifones de Berti o el barómetro de Torricelli, aunque posiblemente su ambiente intrínseco posea muy poca presión.
Los griegos pensaban el vacío como falto de contenido pero Aristóteles lo consideraba un absurdo ya que no podía comprender el alejamiento de la interdependencia materia - espacio. En contrapunto el Zen proclama el vacío como el eterno retorno entre adjetivo y forma ya que lo relaciona con un estado anterior a cualquier pensamiento que pueda designar lo material; indaga en sus alcances espirituales como el hilo universal que conecta los estadios de la existencia revelándose como un todo y no como una nada. Ya lo diría Seung Sahn: “Todas las cosas tienen nombre y forma. Los nombres y las formas provienen del vacío. Así que, forma es vació, vacío es forma”. La palabra sánscrita Śūnyatā (insustancial, vacuidad) es utilizada en oriente por algunas corrientes filosóficas de corte budista para determinar que las cosas no tienen unas características reales específicas sino que se comprenden como relativas: son vacías en esencia aunque también por esto mismo son dotadas de apariencia. Encontramos en estas posturas una relación de auto-contenido que no lo separan de la forma o el espacio sino que lo plantean en voces alegóricas de reflexión.
Pensar el vacío resulta pues, complicado y mediocre. En ocasiones este término resulta análogo al de la desolación ya que expresa un estado en el que las cosas persisten pero se duda de una presencia concreta. El desierto, es un lugar que contiene y no-contiene al mismo tiempo. ¿Está vacío o desolado? El auto abandonado, el local en arriendo, están en estas mismas condiciones, permiten cuestionarse sobre los distanciamientos y proximidades entre vacío y/o desolación. ¿Están vacíos porque no tienen gente adentro? Al igual que la casa que se abandona no están vacíos porque al menos el polvo los inunda o un breve rescoldo de luz se asoma entre ellos. Pero entonces ¿cómo se resuelve el enigma en cuestión? Dotaremos pues a las personas como un objeto de valor que permita determinar los espacios usualmente habitables como vacíos o no y se determina que sean habitables, pues la nevera por ejemplo, puede considerarse vacía pero por falta de alimentos. También es necesario acotar que un espacio como el desierto, anteriormente mencionado, no es usualmente habitable pero tiene cabida para excepciones y no en número escaso. Así sobrevive el misterio afianzado en esta paradoja. Las personas suelen ser las que dan movilidad a un espacio y dotan de sentido los objetos presentes en su entorno relacional. Un cable que se abandona sin uso para ser visto desde un límite de vidrio está dado para la ambigüedad mas no para la determinación certera de su función. Un ducto de aire acondicionado que se desprende, carece de intención, solo está presente. Así los objetos no permiten que los espacios estén vacíos, al igual que el oxígeno y la contemplación misma. Pero lo que sugiere vacuidad en cualquier arquitectura (en términos abiertos) es que las personas, los objetos más relevantes de la habitabilidad, estén ausentes. Parece ser que eso determina en gran parte la fijación por el empleo del abstracto adjetivo. Es posible comprender que las personas en disposición de objetos también tienen la cualidad de vacías (algunas en mayor grado que otras) pero ese no es nuestro asunto. La calidad del vacío revela que no hay realidad independiente (relatividad e ilusión). ¿Es posible determinar de nuevo las cosas? Hemos caído en el juego de Klein y no precisamente a cambio de oro. No justamente con maestría de engaño.